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miércoles, 26 de diciembre de 2012

Marrón momia



Desde el siglo XVI hasta casi el presente Occidente ha sentido una fascinación irresistible por la magia y el misterio del Egipto faraónico. Hasta tal punto es así que se consideraba que el polvo de momia molida era una buena medicina para casi todo. Hubo comerciantes que se hicieron ricos comprando y vendiendo fragmentos de cadáver momificado, y muchos europeos acomodados se convirtieron no sólo en caníbales, sino también en carroñeros. El polvo de momia tuvo aplicación también en pintura y se importaron grandes cantidades para fabricarla. La carne humana reseca, junto con los bálsamos y resinas que se usaban en el proceso de embalsamamiento, producían un pigmento marrón oscuro con una transparencia bituminosa preciosa. Se cuenta que cuando Monet se enteró de lo que era en realidad el marrón momia, dio sepultura en su jardín de nenúfares a los tubos de ese color que poseía.

El amarillo que usaba Vermeer al parecer procedía de los orines de vacas alimentadas exclusivamente con hojas de mango. Es un pigmento que se llama amarillo indio. A principios del siglo XX se prohibió su uso, no sé si por lo desagradable de su procedencia o porque resultaba cruel, ya que las hojas de mango son tóxicas y las vacas enfermaban.

El pigmento carmín se obtiene de la cochinilla, un insecto. Su código industrial es el E120, así que si se come un yogur de fresa en cuya etiqueta aparezca ese código estamos ingiriendo insectos. Igualmente lo llevan algunas barras de labios.

El azul ultramar también tiene un origen egipcio, aunque en este caso mucho menos desagradable: es una piedra semipreciosa molida, el lapislázuli… o lo era, ya que desde el siglo XX se fabrica químicamente. El ultramar original era tan caro que en los contratos que hacían los pintores se especificaba exactamente la cantidad de este pigmento que llevaría el cuadro y en qué personajes importantes aparecería. El ultramar artificial, en cambio, lleva azufre en su composición y, al mezclarlo con algunos aglutinantes, reacciona produciendo un olor a huevos podridos.

Estos detalles escabrosos y muchos otros los uso en las clases de técnicas pictóricas como curiosidades que hacen un poco más amena una materia que podría resultar bastante árida. Lo malo es que, si nos quedamos sólo con lo anecdótico, podemos llegar a mirar con cierta repugnancia buena parte de las mejores obras de arte de la historia.

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