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domingo, 3 de julio de 2016

Los Pigmentos

Rembrandt usaba mucho el negro de hueso
como se ha comprobado en el
Retrato de Philips Lucasz (80x50cm, 1635).
Los pigmentos son los componentes que dotan de color a una obra y sin los que la pintura no se podría entender. Son sustancias sólidas pulverizadas en diferentes grados de molienda, que en la mayoría de las técnicas pictóricas se mezclan con un vehículo líquido transparente en el que se encuentran suspendidas. Esta mezcla de líquido y pigmento es la que se deposita sobre el soporte debidamente preparado y permite crear la obra pictórica gracias a la superposición de diferentes capas. Me gustaría hacer un inciso para diferenciar los pigmentos y los tintes: mientras que los primeros tienen poder cubriente y son insolubles, es decir, tienen “cuerpo”, los segundos son solubles y, por lo tanto, no se encuentran en suspensión, por lo que no sirven para pintar (aunque sí para teñir, obviamente). Para evitar este problema y convertir los colorantes solubles en insolubles, el ser humano desarrolló hace siglos una sencilla pero práctica solución: teñir compuestos insolubles que sean blancos o incoloros y, en la medida de lo posible, inertes, denominados sustratos. Así, el sustrato cogerá el color del tinte y se podrá emplear como pigmento. A los compuestos creados de esta manera se les denomina lacas colorantes, pigmentos laca o simplemente lacas, que no se deben confundir con otro tipo de lacas que veremos cuando estudiemos los barnices.
Una vez hecha esta aclaración sigamos con el tema que nos ocupa y veamos cuáles son los pigmentos de origen animal más significativos. Si bien es cierto que la mayoría de los pigmentos empleados históricamente provienen de minerales (blanco de plomo, lapislázuli, verdigris, cinabrio u oropimente, por citar unos pocos) o, en menor medida, de plantas (azul índigo, laca de gualda, etc.) hay algunos de origen animal de grandísima importancia. Empecemos por uno que se lleva empleando desde la prehistoria hasta nuestros días: el negro de hueso. Como su propio nombre indica este pigmento se obtiene de huesos de animales. Éstos se carbonizan en atmósfera reductora (sin presencia de aire) para obtener carbono (que le otorga el color deseado) y luego se machacan. La cantidad de carbono final ronda el 10 %, siendo el resto carbonato potásico (mayoritario) y carbonato cálcico. Este pigmento también es conocido como negro de marfil, ya que, aunque hoy en día su elaboración a partir de esa materia prima esté, afortunadamente, en desuso, en el pasado era uno de los pigmentos negros más valorados. ¿Significa esto que no hay otra fuente de color negro? Obviamente la hay: al igual que se transforma la materia animal en carbono, se puede transformar la materia orgánica vegetal, simplemente reemplazando los huesos por madera u otros compuestos vegetales. De hecho, este negro, conocido como negro carbón, es uno de los primeros pigmentos conocidos por la humanidad y aún hoy se sigue empleando en los tóneres de las impresoras. En función de la procedencia de la materia orgánica este pigmento tendrá diferentes nombres siendo los más apreciados los obtenidos del hollín de las lámparas de aceite (negro de humo) o de la carbonización de la vid (negro viña).
Por otra parte, hay que señalar que el negro no es el único color que se puede obtener de los huesos. Si éstos se queman en presencia de aire de modo que se elimine toda materia orgánica se obtendrá un producto rico en fosfato de calcio (alrededor del 90%) y carbonato de calcio (alrededor del 10%) de color blanco grisáceo.
Dejando a un lado el blanco y el negro de hueso que son empleados desde tiempos prehistóricos hay un tinte que en la antigüedad fue todo un símbolo de poder y riqueza: el púrpura de Tiro. Este tinte es un complejo compuesto orgánico (6-6’-dibromoindigo, ver Imagen 5) que se obtenía de las secreciones de un caracol marino mediterráneo (Bolinus brandaris) del que se necesitaban… ¡10000 ejemplares para obtener un solo gramo de tinte! De ahí su altísimo precio. Para que os hagáis una idea de la importancia de este producto volvamos al estudio etimológico. Al parecer la palabra púrpura es la latinización del vocablo griego porphyra, que a su vez es un préstamo de alguna lengua oriental para designar al caracol del que se extraía el tinte. Pues bien, desde la época romana era tan fuerte la asociación del color púrpura con el poder y la dignidad que en el Imperio Bizantino el heredero del emperador se conocía como Porphyrogennetos, que viene a significar nacido para el púrpura.Además, el color rojizo de este tinte es el origen del nombre de todo un pueblo de la antigüedad, el fenicio, al que los griegos llamaban phoinikes (del rojo, Phoenix) puesto que fueron los primeros que explotaron el púrpura. Obviamente la escasez de este tinte y su uso en el teñido de tejidos impidió que se usase demasiado en pintura, aunque Plinio describe que se convertía en pigmento laca empleando como sustrato la creta (piedra blanca relacionada con la tiza). En cualquier caso este pigmento es hoy más histórico que otra cosa y ya en la Edad Media fue desplazado por otras lacas. Estrechamente relacionado con el púrpura, tanto químicamente como en importancia histórica, está el índigo, aunque éste se obtenía principalmente de plantas. Hoy en día el índigo puede sintetizarse químicamente y para lograr el color púrpura se pueden emplear pigmentos artificiales. De hecho, el primer tinte completamente sintético, la malveína, fue originalmente denominado púrpura de anilina por su similitud con el tinte original. La obtención de este tinte fue de una transcendencia espectacular, no solo en la química de la pintura sino en la historia de la ciencia, y supuso el pistoletazo de salida para el desarrollo de muchos productos sintéticos. Así, hay mucho que agradecer a los experimentos realizados por un jovencísimo William Henry Perkin en 1856.

Las estructuras químicas similares del púrpura de tiro (izquierda) y del índigo (derecha).

Decíamos antes que el púrpura había sido desplazado por otras lacas durante la Edad Media, siendo la más conocida el carmín, de un espectacular color rojo. Pues bien, dicho tinte también se obtiene de animales, principalmente de dos tipos de cochinilla: el quermes (Kermes vermilio)y la cochinilla americana (Dactylopius coccus). Siguiendo con el curso exprés de etimología habréis notado que el nombre carmín procede del nombre del insecto que, según parece, proviene en última instancia de la palabra sánscrita para insecto o gusano (krmi). No deja de ser paradójico que una palabra con un significado tan peyorativo sirva para nombrar a un color tan apreciado o que sea sinónimo de un artículo de belleza como el pintalabios. El carmín proveniente del quermes era conocido en Asia y Europa desde la antigüedad y se considera uno de los primeros colorantes empleados por el ser humano. Fue usado tanto como tinte para telas como a modo de pigmento, para lo que era necesario un sustrato, normalmente el alumbre. Al igual que el púrpura, era muy costoso y tenía un gran valor simbólico y religioso: “Harás el tabernáculo de diez cortinas de lino torcido, azul, púrpura y carmesí” que dice el Éxodo (26-1). El quermes fue la fuente tradicional del carmín hasta que los españoles llegaron a América. Allí vieron que los aztecas empleaban un insecto similar para obtener un tinte con el que teñir la ropa y en el siglo XVI lo empezaron a traer a Europa logrando pingües beneficios. Estas lacas rojas fueron usadas por los pintores flamencos y tuvieron un gran éxito durante el Renacimiento ya que eran idóneas para el uso de veladuras (trazos de pintura que dejan ver la pintura inferior creando efectos preciosistas). Desde el punto de vista químico el principio activo obtenido de cada uno de los insectos es muy similar (Imagen 6) ya que solo se diferencia en un grupo glucídico. Este colorante se sigue usando hoy en día incluso en la industria alimentaria (E120) y hasta podemos encontrar granjas donde se crían los insectos. Afortunadamente, si no se quieren emplear animales para lograr este rojo, existen alternativas como la alizarina, que se extrae de la planta conocida como Rubia (Rubia peregrina) y que históricamente ha tenido mucha importancia. Hoy en día se puede sintetizar químicamente al igual que otros pigmentos rojos artificiales como el E-124.

. Estructuras químicas de las moléculas que se encuentra en las diferentes lacas rojas. De izquierda a derecha: ácido kermésico, ácido carmínico y alizarina. Todas ellas tienen un esqueleto de antraquinona.

Para finalizar el apartado dedicado a los pigmentos he dejado uno al que le rodea cierto halo de leyenda urbana, pero que creo que merece la pena comentar, aunque sea por la “originalidad” del modo de producción. Este pigmento no es otro que el amarillo indio, que en teoría se obtenía, ojo al dato, a partir de la orina de vacas que se alimentan tan solo con hojas de mango. Esta orina se secaba y se convertía en unas bolas (puree). Al parecer, a principios del siglo XX, se dejó de producir por la desnutrición que provocaba en las vacas. Os parece increíble, ¿verdad? Pues lo más posible es que tengáis razón. Sobre todo si tenemos en cuenta que la vaca es un animal sagrado en India y apenas hay documentos que mencionen cómo se obtiene. Hace unos años la escritora Victoria Finlay, viajó a la zona donde teóricamente se producía y no encontró ningún indicio de que esta historia fuera verídica. Eso sí, numerosos libros de texto lo incluyen en su lista de pigmentos amarillos.

Puree de amarillo indio donde se puede observar su vistoso color


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